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Martes 30 de Enero de 2007

Sobre pizzas y ritos perdidos Hubo un tiempo en que las veladas boxísticas del Luna Park terminaban con un piso rociado de papelitos engrasados y en que los domingos de tablón no eran tales sin una porción fría de pizza de cancha en la mano. Era un tiempo en que una salida perfecta era ver una película y luego comer una porción de pizza, o más bien ir a comer esa pizza y que el cine fuera sólo una excusa secundaria. Después, vino todo aquello de la pizza con champagne, y el plato que fue el favorito de los porteños comenzó gradualmente a perder preferencia en los paladares y en las cartas de la nueva era gourmet.

Ahora, la pizza -de molde, media masa o a la piedra, pero la más rica del mundo- ha pasado a ser casi exclusivamente un plato de consumo hogareño, un imán en la heladera al que recurrir cuando no hay ganas de cocinar: por toda la ciudad hay comercios de pizzas para llevar, pero las pizzerías desaparecen de los circuitos gastronómicos porteños.

Se cree que la pizza italiana llegó por La Boca a fines del siglo XIX, pero fueron los gallegos quienes, desde la década del 30, convirtieron las pizzerías en el negocio gastronómico porteño por excelencia. En esos años surgieron Las Cuartetas, Guerrín, Banchero (todas de 1932), El Cuartito (1934) y Angelín (1938). La Corrientes angosta, con sus teatros y bohemia, agrupó a la mayor parte, aunque más tarde proliferaron por toda la ciudad.

Pero las generaciones tienen sus modas y sus gustos, y alguien decretó en los 90 que la pizzería tradicional no tenía lugar entre los restaurantes fashion que venían a cambiar la manera de comer de los porteños.

En Las Cañitas, por ejemplo, sólo hay tres pizzerías. En cambio, hay diez lugares donde comer sushi. En Puerto Madero, desde el cierre de Pizza Banana, sólo queda una pizzería para tentar a los turistas, pero hay cinco lugares para probar cocina japonesa.

En Recoleta, sobre la calle Ortiz, ya no quedan pizzerías desde el cierre de Los Inmortales (que también cerró su sucursal de Callao). Y en Palermo Hollywood y Soho sólo se encontrarán un par de locales de esa cadena con nombre de crack brasileño, la única que ha logrado crecer captando a un público joven, excepción que confirma la carencia de ofertas. Si hasta Pizza Cero ahora se hace llamar simplemente Cero.

La pizza está siguiendo el camino de la empanada, que se comen en casa, pero nadie va a un restaurante a pedirlas. Hasta en las reuniones de amigos, donde la pizza era una opción clásica, ahora los invitados son recibidos con un plato de pastas o risotto. Incluso las empanadas la pasan mejor: ahora se venden en cadenas exclusivas.

Las clásicas pizzerías de Corrientes aún sobreviven, es cierto, pero acompañan lentamente la decadencia de la avenida que no dormía nunca. Ya no funcionan tanto con el público de los espectáculos nocturnos, sino con el consumidor al paso de los mediodías apurados. No se ve en ellas turistas ni grupos de jóvenes. En Buenos Aires, los menores de 30 ya no conocen el sabor de la fainá y el moscato.  jnavia@lanacion.com.ar

Por Javier Navia
Para La Nacion

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